La otra cara de la Transición (I)

La muerte del presidente Adolfo Suárez ha provocado la mitificación de la Transición por parte de los medios. Foto ABC

La muerte del presidente Adolfo Suárez ha provocado la mitificación de la Transición por parte de los medios. Foto ABC

 

Tras el fallecimiento del dictador Francisco Franco, el país y sus políticos disponían de tres alternativas para el futuro: el continuismo de las leyes del movimiento -defendido por los inmovilistas-, la ruptura total: disolución de las instituciones franquistas y creación de nuevas entidades democráticas y la reforma, es decir, la transformación desde dentro del régimen de las políticas para adecuarlas a los nuevos tiempos -apoyado por el sector aperturista de la dictadura-. El verdadero motor del cambio en aquel tiempo fue, sin duda alguna, el rey Juan Carlos I, que optó por la vía democrática y mantuvo en vilo a todos los generales, militares y políticos prorrégimen. Sin embargo, debido a que la elección radicó en la última posibilidad, en la modificación, y no en la completa separación aún hoy se pueden analizar diversos aspectos de la sociedad española que se asemejan al régimen que la mantuvo amordazada durante casi 40 años.

Esta tardanza se explica por el temor de los precursores del cambio, sobre todo el cabecilla de la Transición Adolfo Suárez, junto con Manuel Gutiérrez Mellado, Torcuato Fernández-Miranda y el propio monarca, a levantar animadversiones entre los sectores más conservadores. Por ello, los avances se realizaron desde el silencio mediático, de forma lenta y por áreas de trabajo compartidas. Además, como concibe la escritora Paloma Aguilar en su libro Memoria y olvido de la Guerra Civil española en aquel momento, los encargados de redactar el borrador de la Constitución intentaban que no se reprodujeran los errores que habían acabado con la II República. Para ello, se eliminó, en gran medida, su modelo institucional, lo que explica la preferencia de la forma monárquica de gobierno sobre la republicana, del sistema electoral proporcional sobre el mayoritario, del sistema bicameral sobre el unicameral y de un sistema de articulación territorial uniforme para todo el Estado.

Aparte del rey, se distinguen otros personajes importantes de la época que presentan contradicciones entre esbozos de liberalismo y continuismo. Entre ellos destacan dos, debido a que sus decisiones cambian el curso de la historia de España y favorecen la evolución: Adolfo Suárez y Manuel Fraga.

Adolfo Suárez, Ministro Secretario General del Movimiento durante un corto periodo en la etapa final franquista, vinculado a asociaciones Católicas y al falangista miembro del Opus Dei Fernando Herrero Tejedor, fue el elegido por su talante moderado para unificar fuerzas y sectores políticos hacia un cambio por el rey y Torcuato Fernández-Miranda (Presidente de las Cortes). Nadie puede dudar de lo adecuado de las medidas reformistas que tomó Suárez en su tiempo: la amnistía política, el referéndum para la Reforma Política, legalización paulatina de partidos, reconocimiento del derecho de manifestación… Sin embargo, algunos autores defienden la idea de que el declive de su mandato comenzó debido a que no tenía experiencia democrática y no sabía cómo tomar parte en las decisiones: según el historiador Javier Tussel “de las 2.046 votaciones parlamentarias habidas, Suárez no participó en 1.555”:

“En el año y medio siguiente a las elecciones se produjo el declinar de Suárez como político y como presidente, sumido en la perplejidad como gobernante e incapaz de solucionar unas disputas en su partido que le tuvieron a él como principal motivo. Su primer error comenzó en el mismo debate de investidura para la formación de un nuevo gabinete. Es muy significativo el hecho de que pretendiera una votación sin debate propiamente dicho, lo que suponía un testimonio de sus temores a la actuación ante el Congreso”.  

 

En este sentido, el problema que aún presenta la Constitución española desde sus inicios radica en las carencias y opciones a una interpretación poco democrática que, a pesar de la urgente necesidad de mejora, en la actualidad continúa la preferencia inmovilista, por miedo a despertar reivindicaciones contrarias al panorama político e institucional. 

 

 

 

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